Black Mirror, perturbadoras navidades

En diciembre la cadena TNT estrenó en España el último capítulo de una serie que se ha ganado (merecidamente) el título de culto: Black Mirror. En palabras de su creador, Charlie Brooker, “cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente. Pero todos y cada uno tratan sobre la forma en que vivimos y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos, si somos torpes. Y si algo nos ha enseñado la historia es que el ser humano suele ser bastante torpe”. Esta concepción (con tres capítulos de 45 minutos por temporada) permite a Brooker un acercamiento muy complejo, desde ángulos muy distintos, a nuestra excesiva dependencia de los sistemas de comunicación 2.0.

Jon Hamm, en Black Mirror (White Christmas)Jon Hamm en Black Mirror (White Christmas), 2014 / Channel 4/House of Tomorrow

Brooker reconoce abiertamente que su principal referente y fuente de inspiración han sido los clásicos televisivos La dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1959 – 1964) y Rumbo a lo desconocido (The Outer Limits, 1963 – 1965), surgidas de la mente del mítico Rod Serling. Ambas ficciones se valían de la ciencia ficción como metáfora para eludir la censura en temas tan espinosos como el racismo o el mcarthismo. Esta influencia queda patente en el hecho de que, con excepción del episodio “15 millones de méritos” (más cercano a distopías como la de Huxley), la opción tomada por Brooker es la de crear visiones de un futuro próximo, que, vistas desde la actualidad, muestran evoluciones de lo más lógicas de nuestras relaciones con los nuevos entornos virtuales, desde una perspectiva nada complaciente.

Se podría decir que la serie hace uso de cierto moralismo bien entendido y de ese profundo poso de amargura que destilaban las viejas películas noir en las que sabíamos de antemano de las pocas posibilidades de redención que tenían su protagonistas, atrapados en entornos opresivos de los que les era imposible escapar. La muestra más espectacular y brillante de esto es el tercer episodio de la primera temporada: Tu historia completa (The entire history of you, 2011); escrito por Jesse Armstrong (autor de comedias como Four Lions o In the Loop), consiguió con la ciencia ficción un hito parecido a lo logrado por Friedkin con El Exorcista: sacar al género de los abismos de la serie B, las galaxias far far away, las ambiciosas distopías sociales… para meterlo directamente en el salón de nuestras casas. Con un estilo seco, directo y que apelaba a nuestros sentimientos e instintos más básicos, nos dejaba una inquietante pregunta en el aire: ¿Cuánto queremos saber realmente acerca de los demás?

Mientras esperamos la ansiada tercera temporada, Brooker y su equipo nos brindaron estas entrañables y fatídicas fechas un regalo en forma de Especial de Navidad titulado White Christmas. Se trata de un episodio inusualmente largo (72 minutos) que funciona como una enorme Matrioska gracias a su estructura de tres relatos, superpuestos a la inquietante trama principal. Es algo así como una temporada completa condensada en un solo capítulo. Todo está presentado a través de algo tan literario como dos personajes aislados en un lugar indeterminado, que se cuentan anécdotas para aliviar el hastío en la víspera de Navidad. Uno de estos narradores es el carismático Jon Hamm que, lejos de alejarse de la figura del seductor publicista de la quinta avenida, da vida aquí a una especie de Don Draper 2.0 (incluso hay diálogos que se atreven a bromear abiertamente con el tema). Al otro lado de la mesa tenemos a Rafe Spall, actor siempre inquietante, que va ganando enteros desde su participación en la magistral The shadow line. Estos relatos juegan con la idea ya expuesta en Tu historia completa acerca de ese sistema de grabación implantada, conocido como grano, ofreciendo reveladoras variaciones de la misma. Todo el capítulo tiene un diálogo constante con los anteriores episodios de la saga, dando a entender cierta cercanía entre sus universos. Los referentes a clásicos del terror y la serie B son constantes (es imposible no pensar en el gran Jack Arnold al contemplar el aterrador segundo relato, protagonizado por Oona Chaplin) y harán las delicias de los cinéfilos más freaks.

Finalmente, acerca del aparente pesimismo que desprende este capítulo, y la serie en general, hacia las nuevas tecnologías, Charlie Brooker afirmó recientemente: “Black Mirror no es una serie antitecnología, sino que es una serie que muestra preocupación. No soy de esa clase de gente que ve el vaso medio vacío, sino que soy del tipo de personas que se pregunta quién va a coger el vaso y lanzármelo a mi cara”. 

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