Arthur Cravan, poeta y boxeador

Arthur Cravan no pasaba desapercibido. Medía dos metros, pesaba más de cien kilos, era tan grande que “podría formar mi propia República”. Era joven, culto, vanidoso, distinguido, provocador, jovial, inquieto, pasional, independiente, bruto, sutil, grosero, lírico, inestable, fantoche, charlatán, poeta y boxeador.

Cravan no pasaba desapercibido, ni quería hacerlo. Le gustaba cerrar la puerta de su pequeño piso mohoso en París con un abrigo estrafalario —cada lado de un color— y desabrochado. Era el uniforme de un ejército con un único soldado, él mismo. Andaba con la seguridad y la confianza que le daba un físico portentoso. Se proclamaba a sí mismo como un “animal superior”. Y trataba siempre de mantener una especie de distinción y elegancia, atributos de modernidad militante. Tenía esa arrogancia de todo sujeto autoproclamado “moderno”, a menudo pueril. Pero con algo diferente. El “moderno” de hoy día es cualquier enamorado de la moda juvenil. En la modernidad de Cravan, sin embargo, junto a toda la infantilidad había verdadera provocación a la moral burguesa. 

Arthur Cravan leyendoArthur Cravan leyendo

Arthur se formó en la calle. En París, en Nueva York, en Berlín, en Barcelona, en las grandes ciudades de principios del siglo veinte, entre artistas, alcohol y bares. En los sitios donde lo que hay que aprender de la vida se aprende rápido, o al menos antes que abrigado al calor familiar o cobijado tras un pupitre. Arthur aborrecía las reglas y obligaciones del colegio y de casa, y en cuanto pudo abandonó el nido materno. A los 17 años se embarcó hacia Nueva York.

Hay pocas profesiones que pueden ahondar en el carácter de una persona y servir para describirla como lo hacen la de poeta… y la de boxeador. Son sustantivos con una enorme carga adjetiva. Imaginenlos unidos en un sola persona. No había un Cravan poeta y otro boxeador, era un solo ser que brillaba con desparpajo e inteligencia, y que solo albergaba un miedo, el de que en algún momento la juventud terminara.

Parece ser que Arthur Cravan negaba toda vocación poética, que si escribía “era para hacer rabiar a mis colegas, dar de qué hablar, hacerme un nombre, y con un nombre, se triunfa con las mujeres y en los negocios”. Si verdaderamente dijo ésto, en efecto, al menos como pose, demostraba una ambición personal y poco amor por la literatura. Es difícil saber su verdadera opinión sobre la poesía y la trascendencia del hecho de escribir. Cada cual que decida, pero hay algo objetivo en su relación con las letras: su poesía era buena.  

La vida en absoluto es lo que uno puede creer

Una obra sencilla donde toda sus historia posee

Es mucho más que una batalla y todo en ello se ve

Y el mal y el bien sujetos por la misma ley

Cada hora un color tiene que se va borrando

Únicamente un pájaro sus huellas va dejando

En vano querrá el recuerdo con sus varios colores

Reunir en un ramo los muy diversos olores

El recuerdo solo puede las cenizas remover

Cuando espera que al pasado logrará descender.

Antes de llegar a ser Arthur Cravan fue Fabian Lloyd, un joven de clase media acomodada que nació en Lausana, cuyo padre abandonó el hogar familiar al poco de nacer, y su madre —hija de Horace Lloyd, un consejero de la reina británica— se volvió a casar con un médico. La relación de Arthur/Fabian con su madre reforzó su naturaleza díscola y rebelde. Siempre dijo que no la comprendía. Cuando su madre le planteaba elegir entre dos opciones, por ejemplo: acompañarla al teatro o quedarse el dinero de la entrada, el joven Fabian —cada vez más raptado por Arthur— contestaba perplejo “¡los tres francos de la entrada!”. No la comprendía. Vaya preguntas. 

Desde que se fue a Nueva York en 1904, con 17 años, hasta que llego a París en 1909, con 22, su vida fue un viaje. En menos de un año, fue recolector de naranjas en California, leñador en Australia, mulero, marinero en el Pacífico, peón y chofer en Berlín. Y mientras tanto, entre otras profesiones, sobrino de Oscar Wilde, quizás de lo que más rédito económico sacó.

En Paris se instaló en el barrio de Montparnasse y comenzó a recibir clases de boxeo, seguramente su pasión principal, junto a las mujeres. Pronto obtuvo victorias en el ring y en 1910 ya era campeón de Francia de semipesados. En el boxeo, como en cualquier otro deporte de principios del pasado siglo, la profesionalidad no era lo que es hoy. Era un nivel amateur y los ingresos escasos, para los deportistas. Eterno buscavidas, Cravan no tenía suficiente con el dinero del ring, menos aún para pagar sus ambiciones literarias y la militancia de su causa individual. Decide, para matar dos pájaros de un tiro, editar una revista cultural, Maintenant. Tuvo cinco números, entre 1912 y 1915, que vendió personalmente llevándolos en un carro, explotando sus dotes oratorias. En Maintenant destacan sus poemas, las historias sobre el tío Wilde —impagable “Oscar Wilde está vivo”—, y las críticas a Gide y a Apollinaire

Letras_Arthur_Cravan_4Johnson vs Cravan

En 1915, en Barcelona, se dedica casi por completo al boxeo, como profesor y púgil. Y alcanza la cumbre de su carrera, en la Monumental se enfrenta por el título mundial contra Jack Johnson —”el mejor boxeador de todos los tiempos”, para un tal Mohammed Ali—. Johnson vivía desterrado en Europa a causa de un romance con una joven blanca de 19 años en Estados Unidos. Arthur Cravan no estaba preparado para pelear contra alguien como Johnson. El ganador estaba claro antes de que sonara la campana. Pero el Cravan en acción era el comerciante y el buscavidas, y lo importante no era aguantar un solo asalto, sino las diez mil entradas que consiguió vender. La noche antes del combate se dedicó a beber sin parar, hasta que su sombra también estuviera borracha. El combate, como cabía esperar, fue un ridículo espantoso, acabó en el sexto asalto, con el abucheo general del público.

En 1917, abandonó Europa para volver a Nueva York, donde se dedicó a dar conferencias, criticando ferozmente pero con humor a cualquier artista que estuviera de moda. Y se enamora, otro capítulo esencial de su fulgurante vida.  Cae rendido a los pies de Mina Loy, artista y dramaturga. “Deberías venirte a vivir conmigo a un taxi, podríamos tener un gato”, fue la declaración de amor y de compromiso de Arthur a Mina. El condenado tenía gracia. Con el estallido de la Gran Guerra, de la que escapa y le sigue de un continente a otro, desarrolló varios planes de huída, entre los que brilla con genial humor el de disfrazarse precisamente de soldado, porque, bueno, nunca llamarían a filas a alguien que aparentemente ya está dentro del ejército. El romance coincide con la época de mayor inspiración poética de Arthur Cravan. El plan final le lleva a México. Se aleja de Mina. Y la situación le obliga a escribir su libro de más éxito, Las Cartas de Amor a Mina Loy.

Queridísima mía:
Estoy todavía algo reventado y no sé bien si me he caído de una estrella o de una rama. En mi nuevo orbe me siento como una cebolla en un tarro. Corro, como, nado y todo eso le sienta bien al animal. Pero tengo que reconocer que te echo de menos… y mucho más de lo que imaginas. Sólo por ti volveré el lunes.
Hasta pronto, hermosa mía.
Mil veces mil besos.

El corto periodo en México fue difícil, a la ausencia de Mina se le sumaron los problemas económicos. Hay muchas historias y leyendas sobre el final de la vida de Arthur Cravan. Están los que dicen que murió tras una noche de juerga y por la venganza de un hombre celoso. La historia más divulgada cuenta que desapareció a bordo de una pequeña barca en el mar de México. Arthur y Mina, al fin reencontrados, habían planeado poner rumbo a Buenos Aires. Nadie sabe muy bien por qué, pero la leyenda sitúa a Arthur tomando un pequeño bote y despidiéndose de Mina una noche. No llegaría a Buenos Aires. O, al menos, no se supo más de él. Tan solo desapareció de la vista de su amada y del resto de la gente, para siempre. El último viaje conocido del primer “moderno”, misterioso, osado, descabellado.

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