Peligroso Caravaggio

Por las películas de gánsteres supimos que uno puede adoptar por nombre el de su lugar de origen. Vito Andolini se convertiría en Vito Corleone, el Padrino, en memoria del sangriento pueblecito  italiano que marcara por siempre su carácter. Michelangelo Merisi, otro sujeto violento y peligroso relacionado con el Vaticano y las mafias de su época, nacía en 1571 en Milán, sin embargo, llevaría en vida y pasaría a la posteridad con el nombre de un pequeño pueblo lombardo vinculado a su infancia: Caravaggio.

Sombrío, pendenciero, irascible, claroscuro, peligroso, así era Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio, el pintor barroco que, tras sobrevivirle apenas medio centenar de cuadros suyos, introduce la pintura en la modernidad. Su figura, con tantas luces y sombras como su propia obra, ha estado durante cuatro siglos cubierta por una bruma de imprecisiones biográficas. Acompañado por la mentira y la muerte desde pequeño, en constante huida la mayor parte de su vida adulta, enganchado irremisiblemente a la vida de los bajos fondos, Caravaggio es uno de los paradigmas de artista maldito, enfant terrible o estrella de rock autodestructiva de nuestros tiempos.

Öèôðîâàÿ ðåïðîäóêöèÿ íàõîäèòñÿ â èíòåðíåò-ìóçåå Gallerix.ruLa controversia sobre sus peripecias vitales son campo de batalla acostumbrado entre biógrafos del artista e historiadores del arte, todos contra todos. El itinerario de huidas desde que saliera de Roma en 1606 hasta su vuelta, truncada a las puertas de la ciudad papal, cuatro años más tarde, está más o menos consensuado. Sin embargo, los motivos de cada partida de un sitio a otro varían según las fuentes. Según se consulte, Caravaggio pudo haber matado hasta a tres personas en sus 39 años de vida. Las entradas y salidas de prisión también son varias, así como las convalecencias en hospitales por los avatares de la mala vida.

A finales de mayo de 1606, el ya entonces pintor más famoso de Roma asesina a Ranuccio Tomassoni, con quien jugaba un partido de pallacorda –una especie de tenis–, el móvil aparente es la discusión por la validez de un punto del juego. El tal Ranuccio parece ser un conocido proxeneta o algún tipo de líder criminal de los bajos fondos romanos. Sea como fuere, es el muerto caravaggiano en que todos los biógrafos se ponen de acuerdo y que marca un punto de inflexión en la carrera del pintor. Después de aquel suceso, Caravaggio se ve obligado a huir de Roma, donde las autoridades le han declarado culpable y condenado a muerte. Ni las altas instancias del clero pueden salvarle. Lo harán, en cambio, sus amistades rufianescas, ayudándole a escapar de la prisión y permitiéndole poner rumbo a Colonna, para atracar finalmente en Nápoles, bajo jurisdicción española.

Pero la vida de Michelangelo Merisi ya había estado marcada por el riesgo y los límites antes de la huida romana. Su propia fecha de nacimiento fue otro de los quebraderos de cabeza de biógrafos durante tiempo; el propio Caravaggio se quitó dos años y la falsificó cuando llegó a la capital vaticana, presentándose como nacido en 1573 y buscando el cierto beneficio y atención que se les dedicaba a los jóvenes talentos, cuanto más jóvenes mejor. No hubiera necesitado de tal argucia, el joven milanés portaba en su interior un talento y un aprendizaje que ya entonces le hacían único. Su padre, un cargo de confianza de la familia Sforza había muerto por una epidemia de peste en 1577, desde entonces, la educación del niño Michelangelo Merisi quedó bajo la protección de esta familia y de los Colonna. A los doce años fue enviado a estudiar al taller del prestigioso pintor Simone Peterzano.

Self-portrait_as_the_Sick_Bacchus_by_CaravaggioBajo la enseñanza de Peterzano quedará marcado por un poliédrico juego de influencias; Caravaggio se forma en el afamado taller que tiene como principal cliente al arzobispo Carlo Borromeo, uno de los elementos más radicales de la Contarreforma, que había impuesto la línea del “decoro” en toda representación; pero su maestro será también quien le sirva de salvoconducto para conocer a los grandes maestros, especialmente a Tiziano –de quien Peterzano era discípulo–, y a Mantegna o Giorgione; finalmente, a las influencias estrictamente pictóricas en Milán, habrá de sumarse aquello que le otorgue una impronta definitiva y definitoria a su estilo, el mundo de los bajos fondos, la marginalidad, la noche, los parias. En 1592 abandona Milán con todo ese bagaje. Algunos autores toman este año como el de sus primeras implicaciones criminales serias. Giovani Pietro Bellori escribe que Caravaggio huye de Milán “tras aprender a pintar y matar a un compañero”. Otros, como Giulio Mancini, no hablan de que asesinara a nadie, pero sí de que pasó unos meses preso por su implicación en una pelea.

Lo conocido a ciencia cierta es que para 1593 se encuentra ya en Roma, donde reproduce copias de “Muchacho pelando una fruta”, que vende a bajo precio para subsistir en el mundo de los bravi de Roma. Ese mismo año termina ingresando muy enfermo –consecuencia, probablemente, de muchos males propios de unas condiciones de vida precarias y arriesgadas– en el hospital para pobres de Santa María della Consolazione. De aquella estancia resulta su primera obra maestra, “Baco enfermo”, un posible autorretrato que expresa con realista crudeza los rasgos más mundanos de la fragilidad del cuerpo.

Las cosas habrán de cambiar para Caravaggio, que se adentra en su época de calma vital, siempre relativa. Tras pasar por el taller de Giuseppe Cesari, donde adquiere cierto renombre como “pintor de frutas” –verdadero adelantado de la naturaleza muerta como género independiente–, traba una serie de amistades y contactos que le valen la protección del cardenal Francesco María del Monte. Su realismo novedoso se adentra en una fase que lo singulariza aún más. Tras una resistencia de años a la temática religiosa, decide asumir encargos de este tipo; se inicia con “Magdalena penitente” –para el que utiliza como modelo a la prostituta que más tarde servirá también para “La muerte de la Virgen”, con el consiguiente escándalo y desaprobación por parte de la Iglesia– y alcanza su cenit con los lienzos de grandes dimensiones “El martirio de San Mateo” y “La vocación de San Mateo”, en los que la luz es tratada técnica y temáticamente de una forma hasta entonces nunca vista.

Calling-of-st-matthewSus cuadros, a pesar de la fama que cosecha, no se desembarazan de una mirada revolucionaria en la personificación de los mártires, de Cristo o de la Virgen, humanizados y más cercanos a la visión luterana que a los fastos e idealizaciones de la militancia barroca de Roma. Caravaggio no abandona nunca sus ambientes. En 1605 ha de huir momentáneamente a Génova por herir a otro hombre en la Plaza Navona. Coincide con la ruptura definitiva del Vaticano con el pintor, su pintura “La virgen de la serpiente” no puede ser asimilada por las paredes de la basílica de San Pedro, el papa Paulo V decide retirarla apenas un mes después de su colocación. La frustración ante la incomprensión con que es enfrentada su obra hierve en su interior; de esta manera el, después de todo, desventurado Ranuccio Tommasini acaba pagando por el pobre gusto vaticano en materia pictórica y encuentra la muerte a manos del artista que anda entrando y saliendo del cielo a las cloacas de la Ciudad Eterna.

Todo se ha desbocado y la vida de Caravaggio se convierte en una road movie. De Nápoles parte a La Valleta, donde es nombrado caballero de la Orden de Malta, nombramiento que espera le acerque el indulto papal que le permita volver a Roma, capital del arte en aquel momento. Pero la estrella del barroco no puede mantenerse alejado de las peleas. Es acusado por la propia Orden maltesa de faltas a la moral. Una reyerta en la que presumiblemente habría herido a otro caballero de la Orden es el desencadenante del proceso en su contra, que le lleva de nuevo a prisión, y de la que nuevamente saldrá a la fuga. Consigue regresar a Nápoles, donde le espera la protección de Constanza Sforza.

Se dice que, en sus últimos años, desde que saliera de Roma, Caravaggio vivía en un estado permanente de temor a ser atacado, dormía armado y se encontraba siempre en guardia. El realismo de sus obras será cada vez más trágico y expresionista. Sus personajes están rodeados de contrastadas oscuridades, como él mismo. Con todo, no era una manía persecutoria, no había paranoia en sus preocupaciones sino la conciencia de quien sabe que se la lleva jugando mucho tiempo. Nada más poner pie en Nápoles, un grupo de hombres le asalta por la calle, la paliza que le propinan es tan severa que lo dan por muerto. De algunas de las heridas jamás conseguirá recuperarse. Su rostro queda desfigurado y marcado para siempre. Las sospechas apuntan a que la Orden de Malta finalmente ha conseguido darle alcance. Se le cree muerto e incluso corren noticias sobre su fallecimiento; pero Michelangelo Merisi sigue vivo.

Michelangelo_Caravaggio_069En 1610 decide poner rumbo a Roma, aún arrastrando la penosa recuperación de la paliza recibida en Nápoles. Parte en un barco con algunas de sus obras y con la esperanza y certeza de que el Vaticano le va a permitir volver a Roma libre de todo cargo. El indulto se hará efectivo, pero Caravaggio no llegará jamás a Roma. El navío donde viaja para en una pequeña isla, Porto Ércole, cerca de su destino. Será allí donde tenga lugar la última de sus brumosas aventuras y desventuras. Se cuenta que es hecho preso y que, tras varios días, fallece enfermo de malaria sobre la misma arena de la playa, con un lamento delirante por la lejanía del barco que había de llevarle a su añorada Roma. Se cuenta que realmente fue retenido y asesinado, o dejado morir visto su estado de salud, por los mismos enviados malteses que pensaban haber acabado con él en Nápoles. Se dice que no fue malaria, sino una septicemia provocada precisamente por un navajazo en plena cara del ataque napolitano. También que el Vaticano permitió con conocimiento de causa sus últimos penares, que le provocaron la muerte de una manera o de otra.

Michelangelo Merisi lució en su época con la intensidad de su fuego interno. No estaba hecho para ser amigo de ricos y poderosos. Tenía una querencia innata por los pobres y desarraigados y el valor de elevar a estos a los altares iconográficos de un arte, el barroco, que se había pretendido como vehículo de una ideología profundamente reaccionaria, la de la Contrarreforma. Caravaggio era un bravi, y por lo tanto difícil rendirle incluso aunque le dieran muerte.

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