‘La isla mínima’, el fango y la verdad

El director Alberto Rodríguez, desde que debutara en el año 2000 co-dirigiendo con Santi Amodeo la brillante y colorida El factor Pilgrim ha construido un discreto y silencioso camino filmográfico. Hasta hoy. Con La isla mínima filma no solo su mejor película, sino la mejor obra española desde hace unos años. Se acabó el silencio. En San Sebastián fue la sensación, con Javier Gutiérrez premio a la mejor interpretación. Y se la califica –con una ignorante conmiseración– como una especie de True Detective española, cuando debería ser al contrario –True Detective es una La isla mínima a la americana, pues la producción rodada en Andalucía es anterior a la igualmente excepcional serie americana.

Isla Minima Una pelicula de Alberto Rodriguez La isla mínima (2014) / Imagen: Atresmedia Cine/Atípica Films/Sacromonte Films.

Alberto Rodríguez –que también firma el guión– toma un esquema de suspense clásico. Dos policías expedientados y contrapuestos se enfrentan a una trama criminal –la tortura y asesinato de dos chicas– con tantos meandros como las marismas del Guadalquivir donde se ambienta. Juan y Pedro –Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, respectivamente– son esos dos policías, enviados desde Madrid a un pueblo empantanado por el paso lento y pesado del río y la pervivencia de un sistema viejo que no acaba de morir. Múltiples sospechosos y otras tantas subtramas que irán resolviéndose y aportando lo necesario para configurar la historia. Nada nuevo, y sin embargo, consigue que lo narrado tenga una identidad propia, sea una historia propia.

La isla mínima es una de esas películas que quedan definidas desde su título, sugestivo, huyendo de lo evidente, con el lirismo justo y contenido. Es elegante y diferente nada más comenzar, los títulos de crédito sobre planos generales aéreos de las marismas y los campos del Guadalquivir avisan de un ritmo y una propuesta visual poderosamente personales. La extraña belleza de esos cenitales desde el cielo andaluz es un hallazgo visual propio de los grandes talentos en contar en imágenes. La fotografía –que mereció premio en Donosti– es la del crepúsculo, la de la lluvia, la del sol cegador. Porque el territorio y el tiempo de la historia son los de las contradicciones que emergen a la superficie tras mucho tiempo ocultas en las profundidades.

Es una película bien contada, con gran talento artístico por parte de todas las partes de su equipo. Pero lo más valioso no es eso. El verdadero rasgo de admirar de La isla mínima es su valentía. Porque se atreve a poner la verdad –con una enorme sutileza, triste reflejo de lo que aún exigen los tiempos– sobre un período de la historia de España que se ha contado en oficial de la forma más asquerosamente falsa. La Transición fue ese pantano lleno de cadáveres, de torturas ahogadas en silencio y de torturadores exonerados. La película de Alberto Rodríguez es un retrato social, un paisaje de atmósfera contradictoria y violenta. Es el crepúsculo del franquismo, la lluvia fangosa sobre una democracia con los pilares en el cieno. Una foto donde algunos siguen velados.  

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