La imposible travesía del Endurance: ¡no sabían lo que les esperaba!

El 26 de octubre de 1914 zarpaba de Buenos Aires el Endurance, un barco capaz de alcanzar los 10 nudos, que había sido construido en Noruega para expediciones en el Ártico, pero que acabaría atracando en Inglaterra y finalmente dirigiéndose al polo contrario del que para en un inicio se le había flotado. La travesía del Endurance, más bien de sus tripulantes y, especialmente, de su comandante, comenzó entonces, ya en Plymouth, en el verano de 1914, cuando Europa se sumía en la guerra. Cuatro días después de que Gran Bretaña declarara oficialmente la guerra a Alemania, Ernest Shackleton partía a bordo del Endurance hacia Buenos Aires. El objetivo era desembarcar en la bahía de Vahsel, en el mar de Weddell, y desde allí, cruzar en trineo los casi 3000 kilómetros de la Antártida, algo que nadie había hecho jamás, diferente a la gesta de Amundsen, que había clavado la bandera noruega en el Polo Sur solo tres años antes.

Miembros del Endurance_Frank HurleyLos miembros del Endurance / Foto: Frank Hurley.

Hacer algo nunca hecho, ese era el objetivo. Algo admirable. Y explorar, en el más amplio sentido del término. Explorar los lugares del mundo que llevaban desolados miles de años, los sitios donde el ser humano jamás había llegado. Sitios desconocidos hasta hacía poco. Explorar las posibilidades del hombre en situaciones de máxima extrañeza, la soledad, el infinito del espacio virgen, el silencio, los riesgos del aislamiento, el dolor, la voluntad y también el apoyo mutuo.

Ernest Shackleton imaginó la proeza aventurera y lo que necesitaba para ella. Ya había conseguido un barco. Había conseguido financiación. Ahora necesitaba marineros, cada uno con una profesión y tarea específica, desde bomberos a médicos, pasando por cocineros y mecánicos. Y encontró, por un increíble azar, a un grupo de hombres que obligatoriamente debían estar hechos realmente de otra pasta. En Buenos Aires zarparon a bordo del Endurance veintiocho hombres, incluido un polizonte. Entre ellos, otro tipo extraño, el joven fotógrafo australiano Frank Hurley, con el cometido de documentar la expedición. Su trabajo y el empeño temerario por preservarlo es, sin duda, lo que nos permite cien años después recordar algo antes nunca hecho, que no será, finalmente, cruzar la Antártida en trineo.

Endurance varado_Frank Hurley.El Endurance varado / Foto: Frank Hurley.

El sueño original de Shackleton se fue pronto al traste. A primeros de noviembre de 1914 deciden hacer una parada técnica de un mes en una estación ballenera de Georgia del Sur. El mar de Weddel les amenazaba en la distancia. El 5 de diciembre a los sesenta y ocho huskies de la expedición se les acabó la juerga en aquel descanso, fueron subidos a bordo y el Endurance partió hacia el mar helado. Con parsimonia se adentraron en los lugares más al sur del planeta, donde apenas nadie, en siglos innumerables, había estado. Durante las siguientes semanas siguieron el curso que marcaba su objetivo original. Hasta el 28 de enero, cuando el hielo que rodeaba el barco ya era imposible de romper. Las esperanzas de avanzar quedaban definitivamente rotas un par de semanas más tarde. Después de que el hielo se abriera muy débilmente avanzaron poco más de doscientos metros. Y entonces sí, allí se quedaron, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos. La tripulación bajó del barco y pisó hielo firme. ¿Qué hacer? El 16 de febrero, a las cuatro de la tarde, los hombres conformaron dos equipos de once jugadores cada uno, clavaron palos a modo de porterías, y echaron un partido de fútbol en toda regla. La expedición se convertía, aún sin saberlo, en odisea.

16 de octubre 1914_Frank Hurley.Partido de fútbol, 16 de octubre de 1914 / Foto: Frank Hurley.

Durante los meses siguientes su rutina se verá envuelta siempre en una atmósfera onírica, entre la quietud y el riesgo de las masas de hielo que se acercan o se endurecen, en la desaparición del sol durante el invierno antártico, días de invariable penumbra que transcurren entre fiestas de disfraces y partidos de hockey y de fútbol en el lugar más solitario del planeta.

En octubre, con la subida de temperaturas, era de esperar que el hielo liberase al barco y que aquel viaje que comenzara un año atrás saliera de aquel limbo helado. El día 15 el Endurance se movía unos metros por primera vez en ocho meses. Sin embargo, la naturaleza liberó al buque para ejecutarlo en la huida con todo su poder, apenas unos días después. Las masas de hielo en movimiento desestabilizan constantemente al barco y lo someten a una enorme presión. El trabajo se vuelve titánico por parte de todos los navegantes, pero nada se puede hacer por el buque. Los más importantes enseres son arriados el 26 de octubre. Los hombres comienzan a dormir sobre el témpano, un descanso desquiciante por la incertidumbre que genera una superficie que se resquebraja en cualquier momento. Shackleton decide que llegó el momento de partir con lo esencial, de dejar todo lo que no es fundamental para la supervivencia y ponerse a caminar sobre el hielo. Frank Hurley entiende y convence al conjunto de que su pesado material fotográfico es tan importante como los víveres. ¿Qué argumentos presenta? No se sabe. Pero la gente entiende, quizás, la naturaleza de lo que tienen por delante, y que las fotografías de Hurley pueden ser la única prueba de que acometieron el objetivo por el que zarparon: hacer algo nunca hecho.

Frank HurleyEl fotógrafo, Frank Hurley.

El 21 de noviembre la popa del barco varado se encrespa rápidamente, acompañada de un estruendo que alerta a los marineros. El personal sale de sus tiendas sobre el hielo y ve hundirse, en tan solo cinco minutos, el Endurance, para siempre en las profundidades del océano.

El 22 de diciembre se produce el solsticio de verano, es el único día en que el sol no se pone completamente, en esa noche blanca se celebra la navidad con antelación. De entonces en adelante el campamento irá avanzando infructuosamente contra los elementos. El único lugar hacia el que se avanza es una tierra sin tierra donde el drama es lo único que brota. El silencio y el esfuerzo de todos los días ya no se maneja entre fiestas de disfraces ni partidos de fútbol. Han tenido que sacrificar a bastantes de los perros que les acompañan. Pasan hambre. Cuando consiguen dar caza a alguna foca el ánimo sube y el ambiente parece recordar los festejos de los inicios. Pero la situación es límite y el peor enemigo de los hombres en una situación de extremo riesgo hace acto de presencia: la discordia. Uno de los marineros, el carpintero escocés Harry McNish se niega a obedecer las órdenes de Shackleton, obcecado en una inútil marcha que no les llevaba a ningún lado. Shackleton le obliga a cuadrarse al escocés, pero no puede sino ceder ante las razones del carpintero. No quedaba más opción que acampar a expensas de que el tiempo abriera el hielo y permitiera navegar en los tres botes salvavidas que habían salvado del Endurance.

Botes Endurance_Foto: Frank Hurley.Tirando de los botes / Foto: Frank Hurley.

Tras más de ciento cincuenta días atrapados en el hielo, en abril de 1916 los veintiocho hombres se reparten entre los tres botes y se hacen de nuevo al mar. Ha pasado un año y medio de su partida, y se encuentran perdidos. Los botes se mueven entre icebergs y orcas que sobresaltan su tránsito, soportando vientos gélidos, sin comer ni beber. Uno de los hombres ha perdido los dedos de los pies, pero solo otro parece realmente afectado psicológicamente. Al fin, consiguen arribar en un terruño conocido como Isla Elefante, todos a salvo. La táctica cambia y se endurece. Pasa por seis hombres, incluido Shackleton, que van a echarse al mar en solitario tratando de alcanzar Georgia del Sur, desde donde organizar el auxilio del resto de la expedición.

Cair_Shackleton_Foto: Frank Hurley.Partida del Caird, el bote de Shackleton / Foto: Frank Hurley.

Shackleton y sus cinco aguerridos acompañantes sobreviven a una travesía de diecisiete días por las aguas más frías y peligrosas del planeta, agotando los víveres, siempre empapados, azotados por olas como muros. Toman tierra el 10 de mayo, pero lo hacen en la costa equivocada de Georgia del Sur. Para llegar a su destino han de cruzar más de cuarenta kilómetros de desierto congelado. La última etapa a pie, maratoniana, la emprenderán en solitario solo tres de ellos. Shackleton, junto con Frank Worsley, capitán del barco, y Tom Crean, segundo oficial del ya pretérito Endurance. Un día y medio de marcha sobre un terreno sin mapas, de pendientes rocosas por escalar con apenas una cuerda y unos tornillos en la suela de las ajadas botas. Treinta y seis horas para llegar, como apariciones de otro mundo, al escenario inmutable de la estación ballenera de Stromness. Quienes allí les despidieron año y medio atrás, no son capaces de reconocerles.

Mientras tanto, en Isla Elefante los veintidós hombres que habían quedado a la espera de un rescate van perdiendo día tras día la esperanza de que alguien llegara en su auxilio. Aún deberían esperar meses en un letargo casi autómata, roto solo cuando el tiempo permitía dar un paseo, jugar al cricket o cortarse el pelo. Dentro de una precaria choza de madera, construida con los restos de los botes, se envainaban en los sacos sin hacer más que esperar los breves momentos de salir a preparar la comida y alimentarse con filetes de pingüino fritos. Abandonados, habían decidido que a finales de agosto partiría un nuevo bote en busca de auxilio. El día 30 de ese mismo mes aparecía en el horizonte frente a Isla Elefante el vapor Yelcho, un pobre barco ofrecido por el gobierno chileno, con Shackleton a bordo. Entonces sí, podían contarlo por sí mismos, mostarlo en las cuidadas imágenes de Hurley: habían hecho algo jamás logrado. El Endurance había sido así bautizado por Shackelton, la palabra inglesa significa “Resistencia”.

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