Glenn Gould, última fuga (a tres voces) de madrugada

El semáforo de la avenida proyecta sus luces sobre el asfalto mojado. Glenn lo observa desde las alturas de su ático. El otoño cumple su quinto día. Piensa firmemente en la posibilidad de poner rumbo inmediato a los límites más septentrionales de Canadá. Cuando por fin se decide a salir son las tres de la madrugada, las horas más felices, porque nadie puede verle salir del edificio donde vive, en el 110 de St. Clair Avenue, centro de Toronto.

Glenn Gould, uno de los mejores pianistas del siglo XX, considerado el mejor intérprete a este instrumento de Bach, había abandonado la interpretación en directo a los treinta y dos años, en 1964, y desde entonces hasta su muerte, en 1982, se dedicó a grabar un disco magistral detrás de otro.

“Hasta los diez años aproximadamente me incliné categóricamente por la homofonía, y sólo entonces de repente capté la idea. Bach empezó a aparecer en mi mundo en ese momento, y desde entonces nunca lo ha abandonado”.

Convertido en un avanzado visionario de las grabaciones musicales y radiofónicas, se haría famoso por la calidad personalísima de su trabajo, tanto como por un modo de vida hermético y una particular forma de sentarse al instrumento, alejada de toda ortodoxia, sobre una silla diminuta y con la cabeza a la altura de las teclas, cantando y declamando a la vez que sus manos se movían resueltas sobre el teclado. “No lo puedo evitar. Si pudiera, lo evitaría. Solo puedo decir en mi descargo que toco mucho peor si no me permito esas pequeñas elaboraciones vocales”.

Glenn piensa en el norte mientras tararea Las Hébridas de Mendelssohn. Se mete en su coche, un Lincoln Town Car al que llama “Longfellow”. El semáforo, antes abajo, le alumbra ahora la luna del coche. Enciende la radio, escucha las noticias del incipiente 27 de septiembre. Todo a la vez, tararea a Mendelssohn, escucha la radio y piensa en todas las horas a solas convertidas en una energía que mueva su largo Lincoln hacia el norte de Ontario.

Gould grabó entre 1967 y 1977 tres programas radiofónicos a medio camino entre el arte y el ensayo. Les dio el título en su conjunto de Trilogía de la soledad. El tema común en todos ellos era aquel, los efectos del aislamiento y la retirada del mundo o el alejamiento de las multitudes. “En cierto sentido, todos los temas que he escogido, incluso los musicales, tienen que ver con la soledad”.

El solitario Glenn piensa en la obertura de Mendelshonn, que tiene previsto dirigir y grabar en unas semanas. Desea conducir hasta el norte, pero un resfriado le atenaza desde el día de su cumpleaños. De Toronto, la ciudad donde siempre ha vivido pero que apenas conoce, le gustan los suburbios de North York, tranquilos y lejos del abrumador centro metropolitano. Conduce y conduce, con la calefacción del coche al máximo. Después de una hora, aparca frente a su estudio en el hotel Inn on the Park, en el barrio de Don Mills, donde nadie le espera, donde a nadie busca. Una vez arriba, toma algunas pastillas contra el catarro, antibióticos, un antihistamínico Neo Citran y un par de aspirinas para entrar en calor. “Pastillas para la circulación. Si no las tomo, en fin, es que no circulo”. No se quita el abrigo, solo la gorra y los guantes. Se sienta junto al escritorio grande; en uno de los cajones tiene un termómetro, se lo pone en la axila y aguarda pacientemente con los brazos bien pegados a los costados y las manos en los bolsillos. En ese momento de espera recuerda el otoño de 1958, cuando, de gira por Europa, una bronquitis le encierra durante un mes en un hotel de Hamburgo. “El mejor mes de mi vida, y en muchos aspectos el más importante, precisamente porque fue el más solitario”.

Música_Glenn_Gould_1Glenn Gould / Foto: Don Hunstein/Sony Music.

La reclusión le hizo perder cerca de una decena de conciertos, pero saldrá de aquella y continuará su rutilante y secretamente apesadumbrada vida de escenario en escenario. El 7 de abril de 1962 el público del Carnegie Hall de Nueva York temió por unos segundos que Glenn Gould fuera a ausentarse del concierto que aquella noche tenía previsto ofrecer junto a Leonard Bernstein y la Filarmónica de la ciudad, pero los allí presentes iban a tener más suerte que quienes compraron entradas en Alemania tres años atrás. “No se asusten –se dirige Bernstein al público– el señor Gould está aquí. Aparecerá en un momento”. Luego continuó durante cinco minutos explicando las profundas diferencias que separaban la interpretación del Concierto para piano nº 1 de Brahms por parte de Gould con la que él mismo quisiera aplicar. Sin embargo, la versión que escuchará el Carnegie Hall esa noche será la de Gould y, él, Leonard Bernstein, acompañará al solista –haciendo una excepción– porque, aunque no comparta la concepción de la obra del señor  Gould, está “fascinado y agradecido por tener la oportunidad de mostrar una cara nueva de una obra tan conocida; en segundo lugar, porque hay momentos en la interpretación del señor Gould que emergen con asombrosa frescura y convicción. Y en tercer lugar, porque todos podemos aprender algo de este artista extraordinario que es un filósofo de la interpretación…”.

Glenn se saca el termómetro de debajo del brazo y lo pone a contraluz. Le faltan un par de décimas para los 37º y le duele la cabeza, es motivo suficiente para tomarse una pastilla de “222”, un analgésico con codeína que suele comprar sin necesidad de receta. Enciende el televisor del estudio, mira unos segundos la pantalla y baja el volumen casi al mínimo. “No me gusta la gente que ve la televisión, pero yo soy uno de ellos”. Sobre el mueble de la tele tiene dos tocadiscos, en uno está la nueva grabación recién editada de las Variaciones Goldberg. Deja el disco sobre un sillón. En su lugar coloca las sonatas de Hindemith, que había tocado para una emisora de radio canadiense treinta y dos años atrás. “Una mañana de domingo, en diciembre de 1950, entré sin prisas en un estudio de radio del tamaño de una sala de estar. Era mi primera emisión en la cadena… Aquel fue el primer momento en mi vida en que tuve la vaga impresión del rumbo que ésta tomaría”.

El 10 de abril de 1964, en el Wilshire Ebell Theater de Los Ángeles, volvió a tocar la Sonata nº3 de Hindemith; entonces nadie lo sabía, pero iba a ser su último concierto; después de aquel día jamás se subiría a un escenario. “Supongo que realmente nunca deseé dar conciertos. Me lo tomé más bien como algo por lo que había que pasar, como algo que uno debía hacer mientras se esforzaba por establecer cierta reputación que, imagino, pudiera ser de utilizad más adelante. Y no me parecía que encerrara algo muy productivo. Te concedía una sensación de poder que disfruté bastante cuando tenía catorce, quince o dieciséis años. Era una especie de diversión tocar ante un público vivo y apasionado, entregar lo mejor de uno mismo, aquello por lo que uno ha ensayado durante muchos meses. Sin embargo, eso se apaga enseguida, es un barniz muy fino que no tarda en descascarillarse. Y una vez empiezas a hacerlo una noche sí y otra no, y en lugares remotos y en tierras distantes, el encanto y el glamour no tardan en extinguirse. Cuando menos así fue en mi caso, sin duda”.

Glenn toma la aguja del reproductor pero no llega a posarla sobre el disco; da marcha atrás y se dirige al teléfono. Marca el número de su ayudante, Ray Roberts, pero nadie contesta, se lamenta y se siente contrariado. “Qué demonios estás haciendo, Ray… ¿por qué no contestas?”, murmura para sí mismo. Son las cinco de la madrugada y el solitario Glenn, que desearía estar en el norte, mira ahora por la ventana de uno de los despachos del estudio, como hiciera hace unas horas desde su ático en St. Clair Avenue. Es el quinto día tras el equinoccio de otoño y la ciudad parece haber borrado cualquier recuerdo del verano. Él también lo ha hecho, concentrado en disfrutar de los primeros días fríos y lluviosos del curso, que generosamente barren las calles de multitudes. 

Después de su retirada de los escenarios, a los treinta y dos años, comenzó a cumplir su sueño monacal. “Para mí, la felicidad es pasar doscientos cincuenta días al año en un estudio de grabación”. Glenn Gould, el solitario, acompañado de un pequeño grupo de colaboradores que le recuerdan los días festivos y las horas de comer. Glenn Gould y el piano CD318, un Steinway construido en Nueva York en 1945 que la casa de pianos le arrendó durante años y terminará por cedérselo en exclusiva. Un piano de mecanismo duro, como a él le gustaban, un piano para Bach, que modificó hasta extraerle secretas reminiscencias de clavicémbalo. Y su silla de madera, cada vez más ajada, que permanece como un esencial y roído esqueleto de madera sin cojín. Todo comenzaba a estar en orden. “El aislamiento es el único camino infalible para alcanzar la felicidad”. Gould produjo un disco excelso detrás de otro, sentó a Bach en su silla de asceta y lo hizo reverberar en Beethoven y en Brahms, incluso en Schöenberg y en Scriabin. El chico prodigio canadiense, una vez hecho hombre, hizo del contrapunto más que un concepto musical, casi un estilo de vida, un principio moral.

1958-04-don-hunstein-owned-by-sony-music_2La silla de Glenn / Foto: Don Hunstein.

Glenn observa la claridad de un sol aún escondido. El dolor de cabeza persiste pero el deseo de hablar con alguien se ha disipado. Ya no le importa que Ray no le haya cogido el teléfono. Ahora está distraído con los estertores de una noche que ha tenido un cielo sin estrellas. Continúa pensando en el norte, mirando la muy negra noche que desfallece, y recuerda las palabras lejanas de un amigo sobre su primer documental radiofónico.

La idea del norte fue un ensayo documental de “radio contrapuntística” a tres voces, sobre el aislamiento y la soledad. Eran conceptos y sensaciones arraigados en los parajes más septentrionales del planeta, cuya influencia tan cerca había sentido Glenn Gould desde niño. “Fue más que nada un programa sobre el norte en el sentido canadiense del término; en realidad, como dijo un amigo mío con enorme amabilidad, trataba sobre la noche oscura del alma humana. Fue un ensayo muy agrio sobre los efectos que tiene el aislamiento sobre la humanidad”. A Glenn se le escapa una ligera sonrisa de rubor al recordar aquello de “la noche oscura del alma”, palabras que juzga de fácil intensidad metafórica. Ahoga la tímida vergüenza ajena que el recuerdo le ha producido en un vasito de jarabe Vicks para la tos. Y se tumba en el sofá, con el sueño de las medicinas acumuladas en el organismo y de la noche en los lugares más solitarios del mundo. “No sé cuál sería la proporción adecuada, pero siempre he tenido algo así como una intuición de que, por cada hora que pasamos en compañía de otros seres humanos, necesitamos estar solos un número equis de horas”.

Cuando despierta es mediodía. Ha dormido malamente y el despertar no es mejor. Se incorpora en el sofá con verdadero esfuerzo y nada más hacerlo un fuerte mareo le nubla la vista. Algo va mal, peor que otras veces. “Bueno, bueno, lo sé. Cuando dejo que me arrastre la imaginación estoy perdido”. El dolor en la cabeza es monstruoso y siente un inédito cosquilleo en la pierna izquierda. ¿Qué hubiera ocurrido si se hubiese dejado guiar por su deseo y hubiera conducido al extremo norte? Estaría ahora, quizás, en medio de un bosque sin nadie en kilómetros a la redonda, sin teléfono e impedido de solicitar ayuda. Tal vez muriera de frío, aislado en el lejano hielo. Sería entre gracioso, patético y épico. Piensa en ello y se ríe para sí mismo, a pesar del mareo, porque sabe que está a salvo, que tiene el teléfono al lado y ahora sí seguro alguien contestará. Marca de nuevo el número de Ray y, mientras escucha los tonos de la llamada, dos ideas fugaces se reproducen en su mente. Recuerda el día de la muerte de su madre, seis años atrás, e inmediatamente le asalta la idea de hablarle a Ray representando uno de sus alter ego entre formales y humorísticos, piensa en concreto en asumir la personalidad de Theodore Slutz, crítico neoyorquino defensor a ultranza de la música contemporánea. “Bueno, la verdad es que soy un comediante de andar por casa…”

Glenn Gould había adquirido desde sus años de juventud la afición de desarrollar personalidades ficticias con las que amenizar las sesiones de grabación o como divertimento y mofa de eruditos. Su sentido del humor era radicalmente particular, intelectualizado y con tendencia a resultar entretenido más para sí mismo que para los  demás. Inventaba personalidades y se disfrazaba de ellas, les buscaba acentos y modos propios de expresarse. Había tenido siempre ese gusto por la humorada; para la portada de su disco Beethoven-Liszt escribió él mismo cuatro reseñas, firmadas por Humprey Price-Davies –revista The Phonograph–, por el profesor Karlheinz Heinkel –del Münch´ner Muskilologische Gesellschaft–, por S.F. Lemming –de la Asociación de Psiquiatras de Dakota del Norte– y por Zoltan Mostanyi –periodista de Rapsodia, Revista del Sindicato del Proletariado Musical de Budapest.

Ray descuelga y Glenn le habla en su nombre, sin parodia alguna. Siente la pierna izquierda dormida. Teme que esté sufriendo un derrame cerebral. Ray llama a su médico, John Percival, que trata de convencer al ayudante de que calme a su jefe. “Dicen que soy un hipocondríaco, y claro que lo soy”. La tarde va cayendo, como las pastillas que Glenn lleva sueltas en los bolsillos y que distingue perfectamente a pesar de la variedad. Toma otro analgésico y busca un Valium, pero no lo encuentra, así que se toma un Percodan, por si las moscas. Le es imposible concentrarse ni pensar en nada relacionado con el trabajo. Vuelve a llamar a Ray, cada vez se encuentra peor, siente paralizada toda la parte izquierda del cuerpo. El doctor Percival no podía acudir al hotel en ese momento, y le dice a Ray que llame a una ambulancia; éste, verdaderamente asustado, conduce sin perder ni un minuto hasta el estudio de Glenn y lo lleva él mismo en coche al Hospital General de Toronto, en College Street, pleno centro de la ciudad.

Con el crepúsculo ya pasado, entran en el hospital. Glenn va en una silla de ruedas, no habla pero está consciente. Cruzan el umbral de la entrada y a Glenn se le viene a la mente el aria da capo de las Variaciones Goldberg; no sabe bien por qué, pero lo toma como señal de mal agüero. Le hacen un completo examen médico que confirma el derrame cerebral, causa de la parálisis en el lado izquierdo del cuerpo y consecuencia, a su vez, de un posible coágulo en una de las arterias que irrigan el lado contrario del cerebro. A pesar de la gravedad, se encuentra estable y puede hablar sin problema. Su semblante, mientras permanece recostado en la cama de urgencias, es atribulado. “Me siento bastante alarmado cuando no sé lo que va a pasar”.

1959-02-don-hunstein-owned-by-sony-musicEl solitario Glenn, en 1959 / Foto: Don Hunstein.

El solitario Glenn no mira la noche oscura del alma desde las alturas de su ático. El otoño está barriendo las multitudes del mundo, bien lo sabe. Piensa en el norte, desea con toda la fuerza de una ilusión infantil estar en el Lago Simcoe. El solitario Glenn tiene la mirada fija en una baldosa del suelo, una cuyo límite queda oculto bajo la cortina del box. Las luces de un semáforo impertérrito en la noche no se reflejan en ella. El solitario Glenn piensa que ya no pondrá jamás rumbo al norte, que su Lincoln negro y alargado ya no le llevará a ningún lugar. Piensa no en el CD318 sino en su Chickering, el viejo piano de casa de sus padres. Su silla de madera quedará para siempre sin asiento y liberada de todo peso, permanecerá en el mundo con la fuerza de una ruina milenaria. Para el solitario Glenn ya no habrá más soledad. Para el solitario Glenn se terminaron las fugas nocturnas por la ciudad imprevista. Para el solitario Glenn Gould, no habrá más música, ni más norte. “Estos son los años más felices de mi vida”. 

En el Cementerio de Mount Pleasant hay una sencilla lápida con su nombre y los tres primeros compases de las Variaciones Goldberg, sin ornamentos.

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