¿Qué hace a Richard Hamilton tan diferente, tan atractivo?

En el verano de 2014, hasta poco entrado el otoño, se vio en Madrid la última gran exposición retrospectiva que proyectó Richard Hamilton. No habían pasado siquiera quince días desde que las obras del pintor inglés se desmontaron de la planta tercera del Museo Reina Sofia –otro trasiego pasajero sobre el Guernica– y ya había, entonces, que conjugar los verbos como si se hablara de un pasado lejano, en el tiempo verbal del recuerdo. Sin las pretensiones comerciales y el éxito de masas de su antecesora veraniega en el céntrico museo madrileño –la gran exposición de Salvador Dalí–, la de Richard Hamilton supuso, quizás por ser en cierta manera el trabajo póstumo del autor, un evento a recordar no solo en el lugar donde aconteció.

03-hamilton_0Just what is it that makes today’s homes so different, so appealing? (1956) / Richard Hamilton.

El siempre laberíntico y desquiciante recorrido por las salas del Reina Sofía quedaba compensado ante un viaje cronológico por entre las obras del artista, recordado hoy como padre de una corriente artística de la que, en el mañana, quedará poco más que un vago recuerdo. El hombre que hizo pop por primera vez –de manera consciente y militante– en el siglo pasado y que definió aquello que en los Estados Unidos triunfaría en términos y marcos nunca bien delimitados, tendrá su hueco en la Historia del Arte, como una longeva rara avis en la época de las primeras bombas nucleares.

vista_de_la_sala_de_la_exposicion_richard_hamilton_en_2014__foto__joaquin_cortes_roman_lores_The state (1993) , The citizen (1982 – 1983), The subject (1988 – 1990), en el Museo Reina Sofía / Foto: Joaquín Cortés/Román Lores.

A lo largo de la obra de Hamilton se plantea un debate, el de la relación de las bellas artes con la cultura popular. Pero se presenta tomando una posición en el mismo. Es un artista discursivo, profunda pero asequiblemente reflexivo, en un paralelismo más con la dicotomía del tema a discusión. Hamilton piensa el arte circunscrito inevitablemente a una situación social concreta, en tiempo y lugar. En su análisis del desarrollo de una cultura estética en las sociedades de consumo del siglo veinte, entiende el valor artístico que está requiriendo el propio sistema de producción, como recurso de fin económico. La obsolescencia del producto no es bastante para mantener el ritmo exigido de producción industrial, habrá de ser un valor añadido lo que alimente la rueda industrial: un algo artístico, una moda. Fetichismo de la mercancía. Hamilton da con una característica que distancia y permite diferenciar el arte pop, entendido como parte de la cultura popular, de las bellas artes. Ese factor es la transitoriedad. La gran obra artística, la que define un tiempo, la que retrata una época de la historia humana en mayor o menor detalle, no puede ser transitoria.

Richard-Hamilton-007Richard Hamilton –en un juego de palabras que han de disculpar– es, como algunos “hogares de hoy”, diferente y atractivo. Resulta inevitable la comparación entre el inglés y los pintores del Pop Art norteamericano. La arrogancia acostumbrada de aquellos, alzados a los altares temporales –¿15’?– de la gloria y el reconocimiento, contrasta con la humildad de Hamilton, el tipo que deja aparcada durante largo tiempo su obra original para redundar sobre la de otro emérito iconoclasta: Marcel Duchamp. La diferencia fundamental con los norteamericanos, no obstante, no estará en la personalidad cotidiana, sino en el sentido de su obra artística. Hamilton no aborda temáticamente la sociedad de consumo quedando fascinado por ella, sino desde una perspectiva crítica. El collage Just what is it that makes today’s homes so different, so appealing? (1956) no es un elogio de la sociedad que retrata, sino una elegía por ella. Es la diferencia con el pop del otro lado del océano, y sobre todo con Andy Warhol, paradigma de esa pieza rara que es siempre la más fácil de encontrar y colocar en el puzzle del establishment.

En las catorce estaciones en que la retrospectiva del Reina Sofía mostró a Richard Hamilton destacaban, según los gustos e intereses de cada visitante, unas u otras obras. Habrá quien recuerde indeleble el momento de plantarse delante del pequeño collage ¿Qué es lo que hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos?, un emblema clásico del arte, enmarcado en apenas 30 centímetros cuadrados. Otros encontraron, quizás, en el entorno generado por los paneles de metacrilato en distintos colores y opacidades de an Exhibit una atmósfera íntimamente respirada, similar a la quietud que transmiten sus pinturas de los primeros años 50, en cierta manera conectadas con los oleos sobre fotografía del conjunto People (1965 – 1969), donde la figuración halla un vago camino hacia los límites remotos del expresionismo abstracto, como un hombre mirando un lugar hacia el que ir, debatiéndose entre la duda y el peligro. Habrá quienes recuerden el juego, también es eso la obra de Hamilton. Tony Blair vestido de cowboy es un juego, pero para mayores, un juego serio.

The citizen 1981-3 by Richard Hamilton 1922-2011

Y finalmente, habrá quien se detenga en cualquier tiempo y lugar, como hizo alguien en Madrid quizás por primera vez en el lejano verano de 2014 ante el bello arte popular de Richard Hamilton, delante del conjunto que forman The citizen (1982 – 1983), The subject (1988 – 1990) y The state (1993). Alguien que se detiene y se convierte en una figura en la cuarta pared, con un súbdito a la derecha, el Estado a su izquierda y, frente a él: el Ciudadano, ese hombre preso cuya mirada nos busca con la fuerza de los que no tienen edad.

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