Los monarcas retrasados

Antiguamente existía la saludable tradición en España de retratar en palabras y dibujos a los ricos y poderosos del país de forma satírica, exagerando grotescamente lo más ruin y característico de los dirigentes estatales. Una reacción lógica ante el oficial relato de los hechos y la Historia de los libros de texto. En un país secularmente monárquico, las sucesivas familias reales se significaron como centro de las burlas populares. Como fuente de inspiración, la monarquía española no ha dejado de generar motivos para su risión. En los últimos quinientos años, desde que desembarcara en costas españolas el “príncipe borgoñón” Carlos de Austria para coronarse futuro rey de España —primero de su dinastía en tomar el trono español, hasta el relevo Borbón, un par de siglos después—, la sucesión de reyes y reinas poco dotados intelectualmente ha sido espectacular. Las consecuencias de la endogamia y el desarrollo de un sistema que cada vez necesitaba menos de ellos hizo de los monarcas españoles figuras relegadas a una abulia extrema, títeres simbólicos remunerados con un régimen de lujos. Pocos de los reyes españoles escaparon de padecer retrasos mentales congénitos o demencia y graves problemas psicológicos. Torturados en sus obsesiones por el sexo o la religión —sin que una eximiese de la otra— no pudieron sortear la burla de sus súbditos.

Carlos I_AmbergerCarlos I de España, por Christoph Amberger.

El primero de los Austrias en arribar el trono español fue Carlos I, a la postre V de Alemania y embebido Emperador. A pesar de lo que pudiera indicar el gesto alelado que le retrata el pintor Christoph Amberger, Carlos I no era, como tal, un hombre con problemas de falta absoluta de inteligencia. No estaba especialmente dotado, pero cognitivamente hubiera sido una persona, quizás, capaz de valerse por sí mismo si hubiera necesitado de ello. La saga, no obstante, no tardará en caer en picado en los abismos de la deficiencia mental.

Los efectos de la endogamia se plasmaron con toda crudeza en el desequilibrio, la deficiencia mental y la debilidad física del príncipe Carlos. Conspiró torpemente contra su padre mientras escandalizaba a los pobladores de los aposentos reales con sus ataques de ira imbécil. Tenía cuatro bisabuelos y ¡seis tatarabuelos!

Felipe II, hijo y sucesor de Carlos I, fue, a pesar de lo negro de su leyenda, otro de los tipos más dotados intelectualmente de su saga. Sin embargo, su reinado no quedó al margen de la influencia de una mente retrasada. Si por algo fue conocido en su tiempo fue por la bien propagada “leyenda negra” de parte de sus enemigos políticos, que le presentaban como el padre frío que había acabado de la manera más cruel con la vida de su propio hijo, el infante Don Carlos. Y aquí nos topamos con quien, de haber llegado a alcanzar el trono español, hubiera supuesto uno de los más depravados y negligentes reyes de la Historia de España. El príncipe  tenía cuatro bisabuelos y ¡seis tatarabuelos! —en lugar de ocho y dieciséis, respectivamente, como correspondería a una familia normal—. Los efectos de la endogamia se plasmaron con toda crudeza en el desequilibrio, la deficiencia mental y la debilidad física del príncipe Carlos. Conspiró torpemente contra su padre mientras escandalizaba a los pobladores de los aposentos reales con sus ataques de ira imbécil. Su padre, ante los despropósitos del hijo, decidió recluirlo en un castillo, donde pasó los últimos meses de su vida negándose a comer o pegándose atracones autodestructivos, en permanente alteración nerviosa, gobernado por visiones y terrores.

Con Felipe III, hijo y sucesor de Felipe II, comienza el declive tragicómico de los Austria. Apodado “el Piadoso”, fue el primero en delegar abiertamente sus tareas en un cargo que evolucionaría de lo oficioso a lo oficial: un valido o primer ministro. Como no podía resultar de otra manera, incluso la sabia o pícara decisión de delegar en otro las propias tareas estuvo marcada por el signo de la incompetencia. “El Piadoso” —sutil forma de definir una indolencia enfermiza del carácter— eligió como valido a alguien tan torpe e indolente como él mismo, pero además movido por una venalidad que se haría paradigmática: su amigo el Duque de Lerma.

Felipe IV, hijo y sucesor de Felipe III, se mantuvo en el trono de España casi medio siglo. Plegado a la comodidad de la vida palaciega, remontó un tanto el vuelo de su antecesor, si bien no por sus especiales dotes, sino por las de sus hombres de confianza, especialmente el Conde-Duque de Olivares. A pesar de todo, fue la suya una época de desastres gubernativos, de la secesión de Portugal a la costosa guerra con los franceses, pero de relativa calma, tal vez anuncio de la fiesta demente que estaba por llegar.

Carlos II, el “Hechizado”, decidió dejar el trono a la familia francesa de los Borbón. Comenzaba una nueva etapa dinástica. A decisión del rey más retrasado de nuestra historia, los Borbón hacían su entrada en España.

Carlos II, “el Hechizado”, iba a cerrar la permanencia de la casa Austria en España por todo lo alto. Rey nominal de España desde niño —el trono estuvo regido por su madre durante los diez años de su niñez, hasta que el rey alcanzó una mayoría de edad que jamás llegaría a ser mental—. El apelativo con el que se le recuerda es sugerente y, sin duda, condescendiente. Sus males no estaban provocados por la brujería ni por el maligno. Era, sencillamente, el resultado más acabado de una tradición delirante. “Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia.” Así hablaba el Nuncio del Papa sobre el rey cuando debió dar cuenta de ello. En efecto, Carlos II no pudo ser sino un mero testigo sin demasiada retentiva de lo que pasaba a su alrededor. Los asuntos de Estado quedaron en manos de terceros, desde su madre la reina regente Mariana de Austria a su hermanastro Juan José de Austria. El historiador John Lynch le define de la siguiente manera: “Carlos II fue la última víctima del linaje de los Austrias, la más degenerada y patética. Cuando el 17 de septiembre de 1665 sucedió a su padre Felipe IV tenía solo cuatro años y era un niño retrasado y subnormal”. Carlos II padecía numerosos problemas físicos, como el raquitismo —hoy se especula que pudo padecer el síndrome de Klinefelter, consecuencia del embrollo cromosómico de su estirpe—, pero a la postre el más significativo de ellos fue la esterilidad, que provocaba un esencial problema sucesorio. Paradójicamente, la resolución de tal problema fue quizás la única decisión más o menos propia que acertó a tomar y a ejecutar Carlos II. Antes de morir abogó por poner punto y final a la estadía de los Austrias en España. “El Hechizado” decidió dejar el trono a la familia francesa de los Borbón. Comenzaba una nueva etapa dinástica. A decisión del rey más retrasado de nuestra historia, los Borbón hacían su entrada en España.

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Carlos II, por Juan Carreño de Miranda.

Felipe V, el primero de los Borbón en sentar el trono español, reinó en dos etapas —separadas por los nueve meses de reinado de Luís I, a consecuencia de su abdicación sabático-religiosa—. En los largos años del reinado, especialmente en la segunda etapa, se pusieron de manifiesto las incapacidades dirigentes de Felipe V, enfermo de una depresión crónica y aquejado de una melancolía alimentada por terrores religiosos, complejos inveterados de desafección con respecto a su ascendencia —especialmente a su abuelo, rey de Francia— y finalmente de manipulación por su segunda esposa, la dominante Isabel Farnesio.

Carlos IV y su hijo Fernando VII quedarán retratados como los reyes más torpes y pusilánimes que se puedan recordar. Dos imbéciles para entrar en la modernidad.

Fernando VI, el siguiente Borbón rey, quiso “vivir en paz”. La oposición a la impulsividad bélica de sus antecesores le valió un cierto rédito póstumo. A pesar de todo, no se libró del tradicional descabellamiento psicológico de los de su linaje; cuando falleció su mujer, Bárbara de Braganza, un estado de demencia se apoderó de él. Recluido en Villaviciosa, donde dejó de hablar y de comer, intentó reiteradamente el suicidio y solo despertaba de su letargo para dar rienda suelta a agresivos ataques en los que intentaba desesperadamente morder a todo el mundo. Así murió y vino a sucederle su hermanastro, Carlos III, el gran reformador, quien, como en el caso de Felipe IV con los Austrias, supuso la calma antes de la tormenta.

Tras Carlos III llegó el período en el que los monarcas españoles tomaron un papel más protagónico y ridículo en la Historia española. Carlos IV y su hijo Fernando VII quedarán retratados como los reyes más torpes y pusilánimes que se puedan recordar. Dos imbéciles para entrar en la modernidad. El padre, Carlos IV, era fundamentalmente un vago y un indolente, hasta el punto que puso el gobierno en manos del confidente y presunto amante de su mujer, Godoy, uno de los personajes políticos más despreciados por el pueblo español. Su acomodada existencia, de cacería en cacería, solo se veía alterada por el miedo permanente a los fragores revolucionarios del vecino francés. Y a pesar de ello… ¡se dejó secuestrar por Napoleón!, a quien cedió el trono en el vergonzoso episodio de Bayona. “Nunca alcanzó la madurez, siendo infantil en su conocimiento y en su juicio”, dice Lynch. Sin embargo, agradecido debería estar al hijo traidor. Fernando VII, el conspirador inútil, superó con creces los méritos de su padre. Será el más reaccionario de los últimos reyes absolutos —absolutamente idiotas—; permitió la invasión del país por tropas francesas… en dos ocasiones, como salida brutal a los laberintos de intrigas y conspiraciones que él mismo tendía a construir. Si, en conclusión, algo se les puede agradecer a los dos reyes más cobardes e incompetentes de la Historia de España es que su falta de carácter y visión política obligaran a las clases populares a rebelarse —más por puro instinto que por conciencia— y aprender que su reacción era lo único que podía poner algo de sensatez en el solar español.

Isabel II. Caricatura de la revista La Flaca

Caricatura de Isabel II, en la revista La Flaca, 1867.

Una vez derogada la Ley Sálica, Isabel II tomó el trono. Constataría que la frivolidad, la incompetencia y la falta de reflejos intelectuales no eran un atributo exclusivo del género masculino en la monarquía. Ella podía parecer —y ser— tan impresionable como el resto de regentes de España. La niña reina fue educada en la más estricta ignorancia por parte de las cúpulas dirigentes del Estado, convencidas de que una futura reina maleable era lo mejor para sus pretensiones. El Conde de Romanones la definía de tal manera: “A los diez años Isabel resultaba atrasada, apenas si sabía leer con rapidez, la forma de su letra era la propia de las mujeres del pueblo, de la aritmética apenas sólo sabía sumar siempre que los sumandos fueran sencillos, su ortografía pésima. Odiaba la lectura, sus únicos entretenimientos eran lo juguetes y los perritos. Por haber estado exclusivamente en manos de los camaristas ignoraba las reglas del buen comer, su comportamiento en la mesa era deplorable, y todas esas características, de algún modo, la acompañaron toda su vida”. Declarada mayor de edad prematura —a los trece años— y casada con dieciséis con uno de sus primos carnales —dos costumbres monárquicas de fatales consecuencias— Isabel II, adelantada a su tiempo, desarrolló un modo de vida muy típico de las monarquías actuales: el de la fiesta desmesurada. Obsesionada con el sexo, se acostaba diariamente poco antes del amanecer y dormía hasta la tarde. En este vaivén se dejó llevar al ritmo de personajes tan oscuros como el padre Claret y la monja sor Patrocinio. Hasta que la musiquilla del himno de Riego la sorprendió —no podía ser de otra manera— de estancia vacacional en San Sebastián, desde donde huyó a Francia para contemplar la proclamación de la Primera República Española.

Alfonso XIII fue el primer rey español del siglo XX y lo más parecido a una reedición de Fernando VII. Arrogante y de una torpeza política pasmosa. Embriagado de los mismos placeres que sus antecesores, destacó como productor pionero de filmografía pornográfica.

Alfonso XII, hijo de Isabel II —y, al parecer, del capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó—, tuvo la funesta suerte de morir de tuberculosis a los 27 años de edad. El hecho de estar liberada su carga genética de sobrecarga de cromosomas borbónicos parece que le otorgó una cierta normalidad. A pesar de todo, se dedicó a vivir la vida que en suerte le había tocado como un mero figurante en la obra de la alta política española de final del XIX. A su muerte, su segunda esposa regiría el trono hasta que pudiera asumirlo el hijo que gestaba, el futuro Alfonso XIII.

El abuelo de Juan Carlos I fue el primer rey español del siglo XX y lo más parecido a una reedición de Fernando VII. Arrogante y de una torpeza política pasmosa. Embriagado de los mismos placeres que sus antecesores, destacó como productor pionero de filmografía pornográfica de gran calidad. Su política exterior, que quedó definida por el gráfico ejemplo del “Desastre de Annual” y su aún más desastrosa resolución pública posterior, le condujo a una solución que recuerda a las que tenía en bien Fernando VII, otro talento para abocar al país a situaciones de extrema crisis y pretender salir de ellas por el camino más traumático. Alfonso XII consideró que la mejor opción para superar la crisis por el descalabro africano y las posteriores investigaciones sobre el mismo era legitimar un golpe de estado y aceptar la convivencia con la dictadura de Primo de Rivera. El 14 de abril de 1931, como es sabido, y de forma igual de apasionada pero menos violenta que en 1808, el pueblo español demostró estar mucho más avanzado que sus jefes de Estado. Alfonso XIII huyó nocturnamente ante la proclamación de la Segunda República Española. En los diez años que permaneció en el exilio —hasta su muerte— derrochó una fortuna millonaria con total frivolidad y se declaró, con acierto y honestidad, “falangista de primera hora”, ante el estallido de la Guerra Civil.

Antes de abordar el presente, mencionemos a los olvidados. Nos hemos dejado a José I y a Amadeo I, de la familia Napoleón y de la casa Saboya, respectivamente, pues su paso fugaz, al margen de las sagas dinásticas tradicionales en el trono español, no les permitió dejar su impronta peculiar.

Ahora sí, última etapa, el presente. Después de Alfonso XIII y de bañar en sangre el segundo intento republicano, la oligarquía española, que fue y ha ido mutando desde los tiempos de los primeros Austrias, sumió al país en la larga noche de la dictadura, cuya oscuridad no permite aún hoy una clara alborada. A la que sucede el advenimiento de los “reyes democráticos”.

De los presentes reyes de España, porque actualmente tenemos dos —¿chocolate?… toma dos tazas—, se ha escrito mucho. Hoy ya no se acostumbra aquello de ponerles apelativos —”el hechizado”, “el piadoso”, “la de los tristes destinos”— aunque algunos vienen a la mente. Juan Carlos I ha seguido, en sus casi cuarenta años de reinado, el estilo de tantos otros vividores borbónicos; sus últimas correrías y los escándalos jurídicos de la familia terminaron por obligarle a la abdicación. Felipe VI, que podría ser apodado “el llenacalles”, a imagen de las multitudes que abrigaron su coronación en un día de fiesta en Madrid, parece haber heredado de su padre el ritmo parsimonioso en la oratoria, pero adaptado a un tono beatífico. Muy al contrario que algunos de sus antecesores, ha sido objeto de una cuidada educación. Tiene el porte de otros eméritos soberbios en la corona española, como Fernando VII o su bisabuelo Alfonso XIII. Y no solo el porte en común, también parece que comparte un síndrome especialmente acusado en ellos… el del miedo al pueblo. Coronado bajo un Madrid en “estado de sitio”, qué nos deparará en el futuro con él: ¿huirá al exilio como Carlos IV, Isabel II o Alfonso XIII?, ¿le consumirán los terrores religiosos o una obsesión compulsiva por el sexo? Quién sabe… Tal vez una tercera proclamación republicana. En el caso de que fuera una nueva sucesión, esperemos que el elegido sea Froilán, solo él lleva lo más auténtico de la monarquía española en la sangre.

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