Lecciones de Truman Capote para eruditos y jóvenes escritores

Truman Capote se fue un 25 de agosto de 1984. Lo hizo después de haberse convertido, quizás, en la más rutilante estrella literaria del siglo veinte. Sus relaciones inverosímiles con los ricos y famosos y su talento como escritor le dejaron ese galón póstumo. Sus relaciones con la alta sociedad me interesan más bien poco, apenas lo necesario para comprender lo que influyeron en su carácter y en consecuencia en su obra. El tiempo, según vaya sepultando bajo su manto ceniciento la mayor parte de los nombres de quienes fueron ilustres y reconocidos en vida, pondrá en su lugar para el olvido la importancia chismosa que aún hoy promueve el acercamiento a Truman Capote. Y quedará, después de esto, solo la literatura. Las personas que una vez fueron reales y cayeron en las páginas de Truman serán entonces no más que personajes, completamente ficticios. Con el tiempo, incluso Marilyn será solo una adorable criatura fabulada en un papel. Tal vez al propio Capote le ocurra lo mismo. No obstante, habrán de pasar muchos años, décadas, siglos, quién sabe, para que eso ocurra.

truman capote de jovenTruman Capote, 1959 / Foto: Roger Higgins/Library of Congress/NYWT&S Collection.

La reiteración y la falta de originalidad se le antojarían al personaje Capote como una cuestión de mal gusto. Por lo mismo, queda prohibido reproducir una lista, cronológica o como se quiera ordenar, de las obras e hitos de Truman Capote. Ya sabemos lo que hizo, y el que no lo sepa que busque por el ciberespacio o –de mejor gusto y estilo– baje a una biblioteca y agarre los libros del chico prodigio. Al que quiera iniciarse en la lectura de la obra de Truman Capote, le será de utilidad tomar en primer lugar su libro miscelánea Música para camaleones, y leer el prefacio firmado por el propio autor. Quién mejor que él para explicar en apenas ocho páginas por qué y cómo se hizo escritor. El prefacio de Música para camaleones servirá al iniciado como una exquisita guía para disponer ante sí la obra de Capote y abordarla como mejor le apetezca. Más allá de este prefacio, todo lo que se escriba sobre la vida y obra del autor de A sangre fría corre el serio riesgo de quedar en divagación de diletantes, palabras que sobran. Este puede parecer un juicio arriesgado, sencillamente erróneo y absurdo, y quizás lo sea; pero si se considera que el propio autor no requirió de más de ocho páginas para describir su desarrollo biobliográfico y decir todo lo que consideraba oportuno antes de firmar su último gran libro… ¿qué más se puede decir? Por supuesto, ser tajante en este sentido también sería una falta de estilo. Algo escrito habrá que sea de valorar sobre la obra de Truman Capote, pero generalmente, lo que se publica son chismes pseudobiográficos que solo importan a cotillas, en este caso, posmodernos de café cibernético y pasarela de moda.

Capote, como los grandes talentos, que son pocos, poquísimos, no es solo un escritor de masas lectoras, sino uno de esos llamados “escritor de escritores”, como Proust o Joyce. Lo es debido a un estilo propio y depuradísimo. Uno de los que realmente alcanzan algo así como la maestría. Capote, de tanto ejercitar su talento ¡no podía escribir mal! El propio prefacio de Música para camaleones es una joya literaria en sí misma. No deja de ser un ensayo mínimo sobre literatura, desde el análisis de su propio desarrollo como escritor y, sin embargo, el estilo es tan simple y preciosista que deja frases para la historia, como aquellas que anteceden al punto final del mismo: “Entretanto, aquí estoy en mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio.” Ese látigo era la capacidad de discernir el valor artístico y generar obras que estuvieran dotadas de esa extraña naturaleza, que a la postre las hace eternas.

La correspondencia de Truman Capote, publicada bajo el título Un placer fugaz, que reúne cartas de entre los años 50 y unas escuetísimas misivas y telegramas de sus últimos años, fechada la última en 1982, es un baúl lleno de tesoros que confirma la teoría de que Capote, escribiera lo que escribiera, una novela, un relato, una carta o la lista de la compra, no podía hacerlo mal.

En todo momento cabe pararse a dilucidar sobre la corrección moral de hacer públicos documentos privados. La publicación de las correspondencias privadas de personas de referencia genera una de estas paradas éticas. ¿Es lícito, en términos morales, violar la intimidad de unos escritos que jamás se redactaron más que para un público reducido, los propios receptores del mensaje? Todo el mundo juzgaría que es incorrecto, que está mal y no debe permitirse leer correspondencia ajena sin el consentimiento del autor. Sin embargo, un escritor se muere y comienza la fiesta de las cartas. Al alcance de todo el mundo las confesiones, mentiras y demás grandezas y debilidades cotidianas de una persona que jamás pensó que aquello vería la luz pública. Éticamente es asqueroso, más si cabe cuando su fin es el lucro, y siempre lo es. Dicho esto, la correspondencia de Truman Capote, publicada bajo el título Un placer fugaz, que reúne cartas de entre los años 50 y unas escuetísimas misivas y telegramas de sus últimos años, fechada la última en 1982, es un baúl lleno de tesoros –bendita y asquerosa inmoralidad– que confirma la teoría de que Capote, escribiera lo que escribiera, una novela, un relato, una carta o la lista de la compra, no podía hacerlo mal. Y que, además, lo que decía tenía sentido y valor. En una de aquellas cartas cotidianas escribe: “En los tiempos que corren la sensibilidad es casi un anacronismo. ¿Alguna vez viste, en ese paraíso salvaje que es la adolescencia, ni que fuera por sorpresa, un atardecer, un ave silvestre o un paisaje que te produjera un terror exquisito, que te llegara a lo más hondo? ¿Y no te preocupaba entonces, no te turbaba que el menor temblor, incluso el de una hoja impulsada por el viento, lo echara todo a perder? Así es, creo, el amor, o así debería ser: uno vive inmerso en un bello terror”.

Entre sus cartas, aparte de la constatación de un talento irreprimible, hay escondido un pequeño cofre que contiene el esbozo de una fórmula para fraguar dicho talento. Aviso para escritores en ciernes. Se trata de unas pocas cartas que le envía a Alvin Dewey III –el hijo del investigador y personaje fundamental que le permite a Capote documentarse y escribir A sangre fría– escritas entre 1964 y 1965. Truman era ya una estrella literaria, estaba a punto de publicar su obra maestra. El joven Alvin era un muchacho seducido por la perspectiva de convertirse en escritor –padrino no le iba a faltar, si lo tomaba en serio–. Alvin buscó el consejo de la eminencia que se había convertido en amigo íntimo, casi un pariente más de la propia familia. Son siete cartas de Capote al hijo de los Dewey y, como el prefacio de Música para camaleones, un tesoro aleccionador para escritores.

En la última de las cartas de Truman al muchacho Dewey, el maestro le dice al alumno que todo escritor debe escribir al menos cincuenta o cien relatos antes de comenzar a dominar su oficio.

Las cartas a Alvin contienen los consejos prácticos para tener posibilidades de éxito en la creación de buena literatura. Si en el prefacio de los camaleones están las máximas definitorias, en las cartas a Dewey se encuentran los ejercicios prácticos. “Para empezar –escribe Truman en el prefacio–, creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, son recargados. Yo prefiero aligerar, la noción sencilla, clara, como un arroyo del campo. Pero noté que mi escritura se estaba volviendo densa, que utilizaba tres páginas para llegar a resultados que debería alcanzar en un simple párrafo”. Años antes de escribir estas palabras ya le había avisado a Alvin Dewey: “No se puede enseñar a escribir. Solo se puede aprender escribiendo, leyendo”. Truman le recomienda, más bien le exige en confianza, que lea una serie de obras, que van de Willa Carther y Carson McCullers a Hemingway y Robert Frost. El método de Truman consiste en saber diferenciar “qué es mala prosa y qué es buena prosa”. Y ejercitar el talento; sin una estricta disciplina no hay talento que sea tal. “Debes escribir algo cada día, sea lo que sea. Y debes aprender a reescribir las cosas. A pulirlas”. Porque pulir, depurar, es la clave del estilo Capote, su pluma es un estilete. La búsqueda de la profundidad a través de la simplicidad. “Generalmente, la mejor palabra es la normal y cotidiana. Lo que cuenta es cómo la dispones”. En la última de las cartas de Truman al muchacho Dewey –que inmoralmente podemos leer–, el maestro le dice al alumno que todo escritor debe escribir al menos cincuenta o cien relatos antes de comenzar a dominar su oficio. No sabemos si Alvin alcanzó esa cifra, presiento que no.

Para terminar, sigamos con los juicios morales, sólo de mal gusto si se ocultan. Me da la sensación de que los escritores de hoy, profesionales o inéditos, están contagiados por el virus de lo inmediato, del éxito fulgurante, de la cocina rápida. Epidemia y signo de los tiempos. La mayor parte de ellos no han leído todo lo que tendrían que leer –o eso parece–, no han practicado con la disciplina y la paciencia que reclamaba Capote y, aunque pretendan fingirse domadores, no tienen ni puñetera idea de blandir el látigo. Los buenos siguen siendo unos pocos, poquísimos. Tampoco se puede echar nada en cara, la eternidad no sirve de nada en vida.

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