El más bello remate de Zinedine Zidane

Zinedine Zidane jugó dos finales de la Copa del Mundo de fútbol y ganó una de ellas. No todo el mundo tiene algo así en su currículum. En 1998 Francia le gana el título mundial ni más ni menos que al Brasil de Ronaldo –el verdadero– con dos goles de cabeza del entonces jugador de la Juve. La segunda final que alcanza la Francia de Zizou es la del mundial de 2006, que perderá contra Italia en la tanda de penaltis, y que supondrá el último partido de la carrera profesional del jugador de origen argelino.

zidane-cabezazoZidane tras golpear a Materazzi, Estadio Olímpico de Berlín, 2006 / Foto: DDP/STF

Aquel día del verano –9 de julio– de 2006, en el Estadio Olímpico de Berlín, Zidane adelanta a su equipo en el minuto 7 tirando un penalti a lo Panenka, pega en el larguero y bota dentro. Cien minutos después en el reloj de campo, ya en la segunda parte de la prórrroga, Zidane desempeña su última acción sobre un terreno de juego. Camina y luego trota mientras cruza unas palabras con uno de sus rivales, el central italiano Marco Materazzi, que le viene atosigando todo el encuentro  y que en ese momento, sin balón de por medio, sigue su labor de acoso. Zidane, que ya marchaba, se detiene. Les separan los mismos pasos que necesita para lanzar un penalti, apenas un par de ellos, y con esa misma calma definitoria toma un medido impulso para asestarle un fuerte cabezazo en el pecho al defensa italiano. Materazzi cae de inmediato, es posible que le cueste realmente respirar unos segundos. Los ojos de Zidane y toda su estampa de soldado atávico se mantienen en una poderosa quietud de furor interno. Su profunda mirada de verde ígneo combina en un difícil equilibrio altivez y una acostumbrada inclinación cabizbaja, propia en hombres de pocas palabras. Es su adiós del fútbol profesional, su última acción sobre la hierba. Un cabezazo que no vale un título, como en el 98, sino su expulsión del campo.

Desde sus inicios un aura contradictoria le hace destacar, es un mediapunta de casi 1,90 de altura que se desliza con el balón pegado a la bota. La sonrisa amplia le rompe el gesto adusto, de forma abrupta en ocasiones, su aire es siempre de una concentración que le hace parecer absorto, como si el universo no existiera más allá del campo.

Zinedine Zidane, para muchos el futbolista más importante de la última década del siglo XX y la primera del XXI, nació en Marsella en 1972, en el seno de una humilde familia de origen argelino. Se le ha considerado, a menudo, el “quinto grande”, reinando en el período inmediatamente anterior al advenimiento del Messias. Solo el tiempo ordenará esa lista definitoria de las etapas y diversas formas de talento en la historia del fútbol. Su carrera desde el Cannes hasta el Real Madrid, pasando por la selección francesa, dibuja un cronograma de gruesos puntos simbólicos. Desde sus inicios un aura contradictoria le hace destacar, es un mediapunta de casi 1,90 de altura que se desliza con el balón pegado a la bota. La sonrisa amplia le rompe el gesto adusto, de forma abrupta en ocasiones, su aire es siempre de una concentración que le hace parecer absorto, como si el universo no existiera más allá del campo. Es un comportamiento extraño en un jugador llamado a liderar equipos. Un comportamiento rigurosamente profesional en un mundo acostumbrado a los altibajos y la relajación de deberes entre sus figuras destacadas, a menudo piezas de cristal que no saben ni les interesa las complejidades del tablero de juego sobre el que actúan.

En 1996, el joven Zizou, en las filas del Girondins de Burdeos, se enfrenta al Betis en octavos de final de la Copa de la UEFA. En Sevilla, durante el partido de vuelta de la eliminatoria, dejará un gol para la historia, no por su significado en términos meramente competitivos, sino por su valor estético y su peso simbólico. Tras un saque en largo de su portero, le cae un balón imprevisto, está a cuarenta metros de portería, casi en el medio del campo y entonces ocurre algo inusual en un terreno de juego profesional, una acción que solo se ve en las calles donde juegan los niños: el balón le bota justo delante, sin pensarlo –o pensando muy rápido– Zidane dispara lanzando la bola con la fuerza y la matemática de una catapulta, una forma de chutar salvajemente natural, elevándose del suelo como un híbrido de búfalo y cisne, una espectacular volea que supera por alto a un portero adelantado que no podía esperar esa reacción… infantil, descarada, espontánea. ¿Los niños jugaban e imitaban la plasticidad de Zidane o era Zidane el que imitaba la forma de jugar de los niños?

Ese gol al Betis, como una declaración juvenil de intenciones revolucionarias, destaca en el cronograma simbólico donde están por marcarse los grandes acontecimientos: los cabezazos soberbios que le brindan a Francia el primer título mundial de su historia, la volea imposible en la final de la Champions con el Madrid contra el Leverkusen, el penalti a lo Panenka a Buffon y el cabezazo a Materazzi.

En el Olímpico de Berlín, el 9 de julio de 2006, tras la expulsión de Zidane, aún transcurrieron doce minutos más hasta el final de la prórroga, y luego una ronda de penaltis que le dio la victoria a Italia. Pero ¿se acuerda alguien que el gol del empate de la azzurra lo metió precisamente Marco Materazzi? Eso no importa. A pesar de todas las críticas de los bienpensantes del fútbol negocio, los fastos personales de millones de aficionados fueron para Zidane. ¿Por qué esa simpatía por el condenado?

Sin hacer bandera, Zidane representaba unos valores. Y fue en su último partido, en sus últimos minutos sobre el campo, cuando los puso violentamente a la ofensiva. El cabezazo a Materazzi es el de quien se niega a jugar en estricta obediencia a las normas del máximo beneficio o de un éxito artificioso.

Zidane no tenía tatuajes ni cuerpo de anuncio de calzoncillos, se quitaba la camiseta y en sus brazos no hercúleos la única marca sobre la piel era tímidamente la del sol. Los ojos claros y lacrimosos. El rostro anguloso, como el de una estatua cincelada pensando en las sombras que debiera proyectar, favorecida para ser fotografiada en blanco y negro. Se le caía el pelo y no se lo implantaba. Y hasta eso, su calvicie, era marcadamente popular, no lucía elegantes y afiladas entradas, sino una coronilla pelada que hacía de su cabeza un volcán, como la de un monje tonsurado o un abuelo. Su bello rostro argelino era en sí mismo una muestra indeleble de sus orígenes, un rostro de hombre del campo, de siglos de humildad y pobreza en los genes. Y sin embargo, ese hombre normal era excepcional. Hacía algo, una trivialidad se podría decir, que nadie era capaz de hacer en su época y que reclamaba la atención de millones de seres en el mundo. Y la simpatía general está con los similares, y con los excepcionales que pudieran pasar inadvertidos.

Pero no era sencillamente una estampa en disonancia con su entorno lo que ponía en superficie la atrayente contradicción que personificaba Zidane, sino su actitud. Era el hombre normal que destaca sin vanidad, y que por eso mismo amenaza con escapar por un insignificante resquicio de la lógica del éxito entendido como una suma de trofeos o de coches deportivos. Sin hacer bandera, Zidane representaba unos valores. Y fue en su último partido, en sus últimos minutos sobre el campo, cuando los puso violentamente a la ofensiva. El cabezazo a Materazzi es el de quien se niega a jugar en estricta obediencia a las normas del máximo beneficio o de un éxito artificioso. Fue un “a la mierda” para los títulos, el orgullo patrio, la hipocresía de un negocio en el que el juego limpio es solo un membrete que todos saben vacuo. Zidane, sin proponérselo, le puso el contrapunto final y poético a una carrera que era una verdadera sinfonía proletaria al fútbol. En ese gesto impulsivo y violento había un alegato a la dignidad por encima de todo. Zizou obró el mismo milagro de diez años antes en el campo del Betis, convertir un partido del máximo nivel profesional en un verdadero partido de fútbol puro y primigenio, con críos en la calle. Les secuestró por derecho histórico el juego a los señores del negocio y lo bajó a los suburbios de donde venía. No era Zidane el profesional –aunque lo fuera– el que estaba sobre el campo, sino Zidane el niño, jugando por gusto, para disfrutar, para matar el tiempo en los barrios pobres de Marsella, con mucho más en juego que un trofeo. Por un momento, del Estadio Olímpico de Berlín desaparecieron los límites pintados sobre la hierba, desapareció la hierba misma y se hizo tierra y cemento, se desvanecieron los árbitros y no había marcador, se atacaban y defendían porterías imaginarias.

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