Definitely Maybe, de Oasis: un disco con clase

El 30 de agosto de 1994, en España, fue el día que para muchos de los nacidos en 1980 marcaba el final del último verano de la infancia. Los de esa generación dejábamos el colegio para ir al instituto. Comenzaba formalmente la adolescencia. Sin saberlo entonces, ese último día del último agosto de la infancia salía a la venta el primer disco de un grupo que iba a componer la banda sonora –para aquella generación del 80, años arriba años abajo– de los siguientes tiempos de nuestra vida. El álbum, Definitely Maybe. El grupo, Oasis.

Portada del álbum de Oasis "Definitely Maybe"

Pasan veinte años, echamos la vista atrás sobre aquella época y… ¿qué hay? Los veranos eran salir a la calle, sentarse en un banco, jugar al fútbol, mirar a las chicas y escuchar a Oasis. Entre medias las primeras cervezas y los primeros cigarros. El sexo generalmente a la espera. No teníamos ni puta idea de inglés, no sabíamos lo que decían aquellas canciones, pero era música que pegaba con el entorno; algunas parecían de amor y no sentíamos la obligación de fingir vergüenza al escucharlas. Un tío berreaba cigarrettes and alcohoool! y eso lo entendíamos. No queríamos saber más. Y en cualquier caso, era mejor que el puto bakalao.

Las canciones de Oasis no dejaban de escucharse en todas partes. Aquel disco debut vendió más que ningún otro primer disco hasta el momento. Pero ¿por qué?, ¿qué tenía de especial? Era rock and roll, guitarras que hacían mucho ruido con algo de orden. No eran los primeros en hacerlo. Eso triunfaba, se sabía. Pero ¿por qué demonios entonces aquel grupo conectaba de forma tan masiva? Quizás la respuesta estaba en lo que eran –o habían sido– más allá de la música. En el verano del 95 estalló la famosa y artificiosa batalla del Britpop, entre Blur y Oasis, la farsa publicitaria perfecta para exportar el renacer musical del pop británico a todos los mercados. En aquella falsa y forzada lucha de contrarios era habitual presentar la disputa entre los jóvenes de clase media-alta –Blur– y los chicos de la clase obrera –Oasis–. Y quizás esa diferencia de extracción social era lo único más o menos cierto en todo el tinglado mercadotécnico. Blur eran hijos del Londres pequeñoburgués y acomodado, y Oasis salían de las barriadas obreras del histórico Manchester industrial. Y tal vez por esto, en ciertas partes de estos lares, Oasis gustaba a tanta gente joven, aunque fueran de otras latitudes. Salían de la misma clase social cada vez más desgajada a la que pertenecíamos la mayoría de nosotros. Eran gente de la nuestra, hijos de trabajadores, que llevaban ese orgullo proletario por bandera, aunque fuera solo una pose –en un principio más o menos inevitable y natural, después la impostura de unos millonarios desclasados– y aunque en conciencia no hicieran otra cosa que traicionarlo.

Estaba esa conexión sentimental con quienes les reconocían los orígenes. Pero con eso solo no vale. ¿Qué eran capaces de hacer artísticamente? No eran unos genios. Su rock –porque el primer álbum de Oasis es rock, sin paliativos ni nombres compuestos– no era de arte y ensayo, era rock mamado en la calle y en la reverberación de un vinilo antiguo o un casette barato en una habitación de los suburbios. Oasis eran la fórmula básica: tres acordes, una transición y un estribillo. Eso repetido una vez tras otra. Unos cuantos músicos sin demasiados fundamentos. ¡Un batería que no sabía llevar el ritmo! Y ya esta. ¿Y ya está? No. Todos lo sabemos. Aparte del relleno mediocre y aparte de la fórmula simple tenía que haber algo. Y lo había: dos hermanos bocazas e insoportables.

Si dejamos al lado lo imbéciles que pueden llegar a ser los hermanos Gallagher, lo que tenemos es a un tipo con un extraordinario talento compositivo, Noel, capaz de convertir esos tres acordes más estribillo en himnos, y a Liam, un estúpido genial, con una voz y una actitud que otorgaban a la banda una marca, una especificidad concretísima, que hipnotiza. Noel a veces fusila canciones y melodías ajenas y lo reconoce sin vergüenza alguna, pero da con la forma de hacer temas propios y emotivos, incluso cuando llevan elementos “prestados”. Liam no desafina, aunque tampoco tiene una técnica correcta, canta con la garganta desgarrada, pero el muy cabrón sabe modular y adaptarse a los distintos temas, y su pose hierática en el escenario y la voz de hooligan dulce, sin ocultar el acento de las calles, sencillamente, cautiva por su fuerza.

Con ese material humano, en esa coyuntura temporal, cayeron en manos de un puñado de profesionales que terminaron por producir un disco que no tiene ni una sola canción mala. Entre esa gente destaca el productor Owen Morris, en estado de gracia. Después de que los de Manchester deambularan durante semanas mezclando todos los temas varias veces de manera insatisfactoria, se encerró solo con las grabaciones y les metió en la mezcla la agresividad –el famoso “muro de ladrillos”– y la potencia que las canciones llevaban dentro. Definitely Maybe son once trallazos que sacuden, a todos los jóvenes que perdían el tiempo en las calles de los barrios industriales, la desidia grunge y postpunk.

Rock and roll star es una declaración de intenciones, el mundo es una mierda, de acuerdo, pero yo esta noche voy a ser una estrella de rock. Live forever es un himno épico que sigue por el camino optimista con un tono agridulce. Up in the sky se puede leer casi como un deseo funesto hacia “los de arriba”. Slide away es un medio tiempo que por no ser single define la calidad del disco. Shakermaker le mete psicodelia con total desvergüenza a una canción de la Coca Cola. Cigarretes and alcohol le mete mano al Get it on de T-Rex. Supersonic fue otro clásico instantáneo, parido con una inmediatez y un lenguaje que no dejan duda a la honestidad de un estilo y una forma apenas conscientes de enfrentar la vida: “tú tienes un BMW y yo un submarino amarillo”. Married with children es todo lo que no son las otras, una guitarra acústica y hacer grande lo simple. Bring it on down es ese instinto de clase en una letra oscura y con fuerza: “eres el marginado, eres la clase baja, pero no te importa, porque vives rápido…”. Columbia es una letanía entonada con el espíritu de la tradición Madchester. Digsy´s dinner es reconocida habitualmente por los Gallagher como la peor canción del disco y, sin embargo, no hay otra más pegadiza, son cuatro frases casi humorísticas, pero entre las que se les cuela algo como “estos podrían ser los mejores días de nuestras vidas”, y… mierda, han pasado veinte años de aquello, y quizás tenían razón.

A mediados de los 90, entre tanta depresión, entre tanto no saber qué hacer de horas muertas, entre tanta reconversión, desempleo y no llegar ni a mediados de mes, lo que queríamos los chicos de la clase obrera era un poco de fiesta y de orgullo. No queríamos ser ni bakalas cutres contando pastillas de colores, ni pijos de mierda escuchando a los Hombres G. Brian Molko, de Placebo, tratando de definir a su grupo definió bien a Oasis: “Nosotros pensábamos que éramos diferentes, queríamos representar a la gente que no se sentía representada por los grupos famosos en ese momento, como Oasis, ese tipo de música para el fútbol.” Joder, pues nosotros lo que queríamos era buena música para el fútbol y no expresar nuestra soledad pintándonos las uñas de color negro. Y mira que a mi me gusta Placebo, y hasta lo he escuchado de camino al fútbol.

Definitely Maybe hoy suena igual de bueno, cualquier joven adolescente puede escucharlo y emocionarse. Si dos décadas después está catalogado de imprescindible del Rock es porque dio en la clave en su momento: acertó con una calidad artística original a conectar con una generación entera que precisaba un sonido de fondo a tanto desconcierto. Conectó con las masas y se incrustó en la vida de millones de personas. Expresaba un desencanto y una actitud de ofensiva –aunque fuera en la dirección equivocada– contra toda esa apatía. La exacerbación de la salida individual, la apología de las drogas, esa mierda encantadora de mensaje solo podía conducir a generar más desencanto y a que dos mierdas de los suburbios obreros de Manchester se forraran de pasta. Exiguo triunfo sobre los jóvenes acomodados de Londres, ¿no? Por suerte, aquí en España no teníamos ni puta idea de inglés… Y a fin de cuentas, solo eran tres acordes y unos estribillos infinitamente versionados en los silbidos de la clase obrera.

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